Egipto despertó en mí un sentimiento nómada y me regaló la ilusión de seguir viajando. Por eso, le voy a dedicar más tiempo y espacio que a otros viajes. Así que vayamos por partes.
Capítulo I
Estrené mi mayoría de edad visitando el continente africano. Escoltada por mis dos maravillosas hermanas, nos fuimos “las tres mellizas de excursión”.
Como tres aventureras con ansias de ver más allá de los hechos y la historia, decidimos descubrir el mundo egipcio adquiriendo conocimientos previos. Nos queríamos convertir en profesionales en la materia, para sentirnos, por una vez, como “Indiana Jones”, buscando tesoros que han pasado desapercibidos ante el ojo inexperto. En otras palabras, nos compramos la guía “Lonely Planet”.
Mis hermanas se la leyeron entera, sacaron apuntes y resaltaron lo más importante. Cuando llegó mi turno, la subí conmigo al avión. No me malinterpretéis, no pensaba leérmela, pero pesaba demasiado como para facturarla.
Viajamos en formato dictadura, ya que contratamos el viaje por agencia, y pasamos de ser tres intrépidas aventureras a caer en lo más bajo para un viajero que se precie. Nos convertimos en TURISTAS.
El itinerario consistía en salir desde Madrid hacia la ciudad de Aswan, al sur de Egipto. Allí, nos acomodarían en un barco de cuatro estrellas. Acto seguido, nos trasladarían en autobús hasta los Templos de Abu Simbel (Nubia) y en el viaje de vuelta nos pasearían por la orilla del Lago Nasser para observar los numerosos cocodrilos. Volveríamos de nuevo al barco para emprender un crucero ascendente por las aguas negras del río Nilo, hasta la ciudad de Luxor, haciendo parada en los templos mejor conservados que se cruzaran en nuestra trayectoria. Una vez en Luxor, cogeríamos un avión hacia El Cairo y tras tres días en la ciudad, terminaríamos nuestro viaje.
¿Apetecible verdad?
Bueno, pues como en el anterior post he planteado una cuestión cuya respuesta se encuentra en la etapa final del viaje (las Pirámides de Giza, El Cairo) voy a contar el viaje al revés.
Cuando tocó el turno de visitar Las Pirámides de Giza, el icono egipcio por antonomasia, ya habíamos recorrido un largo camino de nuestra andadura. Estábamos un poco hartas de ver piedras y saborear historia. Hasta que preguntamos por el bar del hotel en el que nos hospedábamos en El Cairo.
Se encontraba en la azotea, y descubrimos que desde allí, podíamos ver las pirámides a lo lejos, acompañadas de fondo por uno de los atardeceres más bonitos que he visto en mi vida.
Parecía que estaban colocadas en lo alto de un expositor gigante, llamando la atención de los 17 millones de habitantes de la ciudad que se extendía bajo su base.
Al día siguiente, pude descubrir lo que ya os adelantaba:
¿QUÉ HAY DENTRO DE UNA PIRÁMIDE?

Yo sólo puedo hablar del interior de una de ellas, la mediana, la pirámide de Kefrén.
Cotilleo milenario: Kefrén es el hijo y sucesor de Keops, el que descansaba en la pirámide más grande de todas.
La experiencia de entrar en una pirámide, es equiparable a “EL RETORNO AL ÚTERO MATERNO” si fuera posible. Os explico porqué:
Para poder entrar, tienes que encogerte en posición casi fetal. Debes abrirte paso por un conducto estrecho dónde apenas hay aire (debido a la afluencia de gente). Mientras te dejas llevar por empujones externos a tu voluntad, luchas por no perder los nervios antes de encontrar un lugar dónde no exista ese sufrimiento. Entre empujón y empujón, tienes momentos de descanso dónde estirarte un poco (ya que el conducto se agranda en altura) y coger fuerzas para seguir tu camino.
Cuando alcanzas el útero (la cámara mortuoria) coges aire y descubres lo bien que te sientes. Piensas que ha merecido la pena porque en ese momento, encuentras la meta de una eterna carrera a través del tiempo, que te permite visualizar un lugar que sólo puedes ver una vez en tu vida (al menos en mi caso, refiéndome tanto al útero como al interior de la pirámide ).
Y justo en el momento álgido de tus emociones y sentimientos, oyes de pronto:
¡Mira María, soy una momia!
Y se descubre ante ti uno de los secretos más buscados por el hombre a lo largo de su historia. La respuesta a una de las preguntas que todos nos hacemos en algún momento de nuestras vidas:
¿Éste es tonto de nacimiento o se lo hace?
La respuesta es, que incluso dentro del útero materno, YA es Tonto.
Ni jeroglíficos, ni un cine multisala. 47 siglos de historia ante tus pies e infinita estupidez a tu alrededor. Eso es lo que yo encontré dentro de una pirámide.

Agradecimientos a mis compañeras de útero no simultaneamente la primera vez, sí la segunda. Sin vosotras no existo.
Si habéis llegado hasta aquí:
Primero, MIL GRACIAS
Segundo, si no os caigo mejor que antes, sólo puede deberse a dos motivos:
- Porque ya os caía tan bien antes que es imposible superarlo
- Porque os caigo peor, en ese caso sólo puedo prometer y prometo que lo haré mucho mejor y más corto la próxima vez. Si no es así, que me caíga un rayo. Bueno mejor, que le caiga un rayo al tonto de la pirámide, que de esta forma ganamos todos.